Archivo de Enero de 2010

Los camareros absorben el doble de humo de tabaco que los demás

Martes, 26 de Enero de 2010

La ley del tabaco discrimina a los trabajadores que se ven expuestos, por obligación, al humo durante toda su jornada laboral. A pesar de que trabajar en espacios libres de humo es un derecho de los empleados. Los más perjudicados por esta realidad que ni siquiera la ley antitabaco de 2006 ha logrado cambiar son los trabajadores de la restauración. Éstos están el doble de expuestos que la población general. Además, los camareros que trabajan en locales en los que aún se fuma -sólo el 20% de los establecimientos de menos de 100 m2 lo ha prohibido- están más expuestos que antes de que entrase en vigor la normativa. Según los expertos, en esos lugares se concentra ahora más humo. Así lo deja ver la Sociedad Española de Epidemiología (SEE), cuyo grupo de trabajo en tabaquismo ha completado un extenso informe que hará público estos días en la presentación del Observatorio del Tabaquismo.

En los bares donde aún se puede fumar el aire está más viciado que antes

El trabajo, en el que han participado científicos de todo el país, recoge evidencias de estudios realizados en España desde la entrada en vigor de la ley, así como del impacto de las restricciones en otros países. Uno de los últimos informes publicados en España, elaborado por el Instituto Catalán de Oncología (ICO) a partir de datos recogidos antes de 2006, cuantifica la mayor exposición al humo de los camareros. Los investigadores han comparado los niveles de cotinina (el metabolito que origina en sangre la nicotina) en población general y en trabajadores de la restauración de cinco comunidades: Galicia, Baleares, Valencia, Cataluña y Cantabria. Teniendo en cuenta que según las estimaciones más optimistas sólo el 20% de los bares con menos de 100 m2 han prohibido fumar, y que muchos de los locales mayores continúan permitiendo el tabaco, incluso fuera de los espacios reservados, las diferencias actuales de exposición al humo entre unos y otros podrían ser aún mayores.

De hecho, según otra investigación del mismo grupo, actualmente los camareros que trabajan en locales en los que se fuma presentan un 20% más de cotinina en saliva que antes de la aplicación de la normativa. “En los bares y restaurantes donde aún se puede fumar se concentra más humo que antes. Esto hace más evidente la discriminación de los trabajadores de la restauración”, asegura Esteve Fernández, investigador del ICO y autor principal de los estudios citados. Algo con lo que pretende terminar la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, que ha anunciado que se prohibirá fumar totalmente en lugares de ocio públicos y cerrados, algo que ha puesto en pie de guerra a los hosteleros.

Hasta ahora, el único informe de evaluación que se ha hecho ha estudiado el antes y el después de la ley en los trabajadores de la hostelería. Si se extrapolan los datos del estudio liderado por Fernández, los espacios sin humo en la restauración podrían beneficiar a una tercera parte de los trabajadores del sector (aunque con importantes diferencias regionales). Estos empleados “han mejorado su salud, al reducir en más del 90% sus síntomas respiratorios”, afirma Fernando Benavides, presidente de la SEE.

Los trabajadores de la restauración que no prueban ni un cigarrillo pero se ven obligados a respirar aire contaminado podrían ser más de un millón, según el investigador del ICO: “La ley no debería dejar fumar en ningún bar, ni aceptar las salas de fumadores. Si hay excepciones empiezan las dudas y, además, está demostrado que no están bien ventiladas. Muchas se limitan a espacios separados por biombos y los compuestos cancerígenos del tabaco actúan igual”.

Estudios anteriores, realizados en los años ochenta en Japón con mujeres que convivían con esposos fumadores, muestran que los fumadores pasivos tienen un riesgo incrementado del 30% de padecer un cáncer de pulmón. Según la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica, el tabaquismo pasivo provoca 5.000 muertes anuales en España.

Estudios más recientes que analizaron el impacto de la ley del tabaco en otros países muestran claros beneficios, sobre todo para la salud de los fumadores pasivos. Según un estudio publicado en British Medical Journal, en Escocia, donde en 2006 se aplicó la total prohibición del consumo de tabaco en lugares públicos, en tan sólo un año las concentraciones de cotinina en no fumadores disminuyó un 39% y bajó a casi a la mitad en personas que vivían en casas en las que no se fuma. El beneficio para los fumadores pasivos ha sido similar en otros países donde se han aplicado las mismas medidas, como EE UU.

Cigarrillos, ni en casa ni en el bar

Joan Manuel Guillamón es uno de los camareros que forman parte de los estudios que dirige el Instituto Catalán de Oncología (ICO) sobre el impacto de la ley del tabaco en trabajadores de la hostelería. Regenta su propio bar en Barcelona, La Trufa. Con poco más de 70 metros cuadrados, la ley no le obliga pero no deja fumar a nadie en su local desde el mismo 1 de enero del 2006. Ni tan siquiera a su mujer, Georgina Conesa, que para fumar debe salir fuera. En casa, la obliga a fumar en el balcón. Lo curioso es que los datos del estudio no engañan, y pese a todas estas medidas, en la saliva de Guillamón se encuentra algo de cotinina, con lo que aún tiene algo de fumador pasivo.

Guillamón tiene 57 años. Explica que es un ex fumador de largo recorrido. Hace más de 30 años, cuando volvía en tren de la mili, lanzó por la ventana su último paquete de tabaco. Reconoce que desde que en su local aplica a rajatabla la ley ha perdido algunos clientes. Pero también ha ganado otros. “La ropa ya no huele, la cabeza no se me carga”, se alegra. Está a favor de que la prohibición se haga extensiva a todos los locales públicos de ocio. “Estaremos todos en igualdad de condiciones y no creo que perdamos clientela”.

Fuente: El Pais

«Las administraciones a veces hacen la vista gorda con los tóxicos permanentes»

Sábado, 23 de Enero de 2010
«Las administraciones a veces hacen la vista gorda con los tóxicos permanentes»
El enemigo, los compuestos tóxicos permanentes (CTP), ya están en nosotros, pero aún nos falta conciencia y capacidad de reacción para hacerles frente. Desde las más altas administraciones hasta la ciudadanía de a pie de calle. Lo sostiene Miquel Porta (Barcelona, 1957), investigador y catedrático de Salud Pública del Instituto Municipal de Investigación Médica (IMIM) de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y de la de Carolina del Norte. Él, junto a los investigadores Elisa Puigdomènech y Ferran Ballester, han editado el libro «Nuestra contaminación interna. Concentraciones de CTP en la población española».
¿Los compuestos tóxicos persistentes (CTP) de los que se habla en el libro llevan mucho tiempo en y entre nosotros?
—Todos los CTP de los que habla el libro no existían hace 100 años y muchos de ellos no habían contaminado la cadena alimentaria ni la especie humana de la manera que ahora lo hacen. La contaminación generalizada por CTP de la que hablamos comenzó a partir de la Segunda Guerra Mundial. Sí que anteriormente había otros compuestos químicos ambientales tóxicos, tales como el plomo o el mercurio, que desde los romanos o antes han estado presentes, pero no habían contaminado la cadena alimentaria y la especie humana de esta forma generalizada.
—¿Cuáles son los compuestos tóxicos persistentes más habituales en la población?
—Lo que encontramos con más frecuencia en la especie humana son los plaguicidas: el DDT y su principal producto de degradación, el DDE. También el hexaclorobenceno (usado como pesticida) y el lindano (plaguicida). Luego entre los industriales, destacaría los PCB (policloro bifeniles), que se han utilizado sobre todo como aislantes eléctricos, aunque también para muchos otros usos cotidianos.
¿Cuál es la principal vía de entrada de los CTP en el cuerpo humano?
—Los alimentos y, en concreto, la parte grasa de estos alimentos. Porque los CTP son extraordinariamente lipofílicos, capaces de ser disueltos o absorbidos en grasas. Por lo tanto, por una parte los CTP se disuelven muy bien en las grasas y, por otra, el organismo humano, a través de los riñones, no los puede excretar, y los vamos acumulando lentamente a lo largo de nuestra vida. Y es que, en general, los riñones excretan bien los compuestos que son poco lipofílicos y muy hidrofílicos (capaces de mezclarse con el agua o de disolverse en ella).
Así que, para no acumular CTP, ¿qué puede hacer el ciudadano? ¿Comer menos grasas?
—Bueno, comer menos grasas siempre es una buena idea; no hay ninguna razón positiva para comer más. Ya teníamos razones desde el punto de vista de la prevención de enfermedades cardiovasculares…
¿Vamos a peor en esto? ¿Seguimos acumulando CTP?
—En resumen, se puede decir que en el caso de algunos compuestos estamos estancados a la hora de reducir su concentración; en otros, empeoramos porque están entrando en la cadena alimentaria y, en otros, hemos ido discretamente a mejor. Creo que hemos ido a mejor con demasiada lentitud y que las administraciones, municipal y autonómica, que son las que tienen competencias, en algunos casos prefieren hacer la vista gorda, no mirar. Hay bastantes comunidades autónomas que no hacen suficientes controles de la contaminación química de las alimentos.
¿Hay excepciones en positivo?
—Algunas de las excepciones son Cataluña o el País Vasco. En esta última comunidad se hacen estudios de dieta total. Se coge una muestra representativa de lo que habría en una cesta de la compra típica, se analizan los alimentos y se mira si tienen CTP.
Dado un producto, por ejemplo, una tarrina de mantequilla, ¿se podría seguir el rastro de los CTP que contiene, revisar su trazabilidad para saber cuándo se contaminó?
—Lo que puedes saber es qué que cantidad de, por ejemplo, hexaclorobenceno, contiene la muestra de mantequilla. Estos controles se pueden hacer y, de hecho, se deben hacer, porque hay límites legales de concentraciones de estos compuestos. De dónde procede la mantequilla también deben saberlo las autoridades y los grandes distribuidores de alimentos.
¿Pero se puede saber cuándo exactamente se contaminó el alimento?
—Bueno, el principal problema es que estos compuestos tan persistentes también se detectan habitualmente ya en el pienso que comen los animales. Si no, ¿qué hace DDT en un cordero de pocos días? ¿Por qué hallamos DDT en un ternero pequeño? ¿Porque lo ha mamado de su madre. Pero su madre no es tan vieja… Entonces, porque lo ha comido en el pienso, ¿no?
Visto lo visto: ¿en este eslabón de la cadena también faltan controles?
—En Europa se hacen analíticas sobre la contaminación química del pienso y se intenta controlar, pero creo que hay que controlar todos los eslabones de la cadena alimentaria: desde el pienso hasta el producto que llega al consumidor. Creo que hay poco información disponible sobre qué controles hacen las autoridades en ganadería y qué controles hacen las grandes distribuidoras de alimentos. Porque estoy seguro que los hacen, y no siempre los dan a conocer. Hay empresarios que te dicen: «Yo, si me piden la información, la doy, pero si no, no».
¿O sea que en esto también se hace la vista gorda?
—No, lo que pasa es que a veces el consumidor aún no reclama esta información. Yo estoy convencido de que las autoridades y las empresas responden más a lo que lo que el consumidor pide de lo que muchos ciudadanos creen. Hoy en día, el consumidor tiene más poder del que a veces ejerce. Si pide información, las autoridades y las empresas tienden a darla. En resumen, hay administraciones y empresas que no quieren mirar, que no quieren hacer las analíticas porque saben seguro que hallarían problemas, pero también hay información que proporcionan las administraciones que no han sido objeto de suficiente reflexión por parte de las organizaciones ciudadanas.
¿Qué información habría que dar?
—Pues estos son los alimentos analizados y estas las concentraciones de CTP.
¿Qué comunidad española está peor en contaminación por CTP?
—No conozco ningún estudio que diga que los ciudadanos de tal parte están más contaminados que los de otra, pero es que no tenemos demasiada información representativa.
¿Se ha demostrado que hay correlación entre determinadas concentraciones de CTP en una zona y una mayor prevalencia de algunas enfermedades, como cáncer o diabetes?
—Ni estamos ignorantes totales, ni está completamente demostrado. Hay un cuerpo de conocimiento importante, aunque no suficiente, pero en ciencia nunca nada es suficiente. Está demostrado, por ejemplo, que las dioxinas son carcinogénicas. También hay estudios que indican que estos compuestos aumentan el riego de linfoma no-Hodgkin (LNH), etc. También existen varios estudios que demuestran que la diabetes es más frecuente en lugares donde hay mayor concentración de estos compuestos… Pero la pregunta que yo hago es: ¿cuánto conocimiento queremos tener sobre CTP y diabetes, alzhéimer, asma, párkinson, etc. antes de actuar?
¿Y su respuesta?
—Creo que con los conocimientos que tenemos sobre los efectos adversos en la salud de los CTP ya habría que estar actuando con más energía y celeridad. Aplicando con más energía la legislación vigente.
Fuente: ABC

El plan anticontaminación fracasa al no lograr reducirla el 30%

Domingo, 3 de Enero de 2010

Hay dos formas de verlo. Una: el plan contra la contaminación atmosférica en el área metropolitana de Barcelona no ha funcionado porque no ha logrado la meta prevista: reducir el 30% las partículas y las emisiones de óxido de nitrógeno antes del 31 de diciembre de 2009. Dos: el plan ha funcionado, pero no lo suficiente. La primera es la de los ecologistas. La segunda es la que utiliza el Gobierno catalán para justificar la prórroga del plan actual.

El decreto que establece la prórroga señala de forma explícita que algunas de las 73 medidas previstas no se han aplicado por “razones técnicas y por la coyuntura económica”, pero los intentos de conocer con detalle el desarrollo de esas medidas resultan infructuosos. El Departamento de Medio Ambiente no tendrá datos definitivos hasta final de mes, según su portavoz. Una cosa es segura, la limitación de velocidad en los accesos a Barcelona, la más potente de las 73 medidas del plan, seguirá vigente. Otras medidas consisten en sustituir electrodomésticos y calderas de calefacción viejas por aparatos menos contaminantes.

“La contaminación atmosférica es un problema importante. No se ve, pero va directamente a los pulmones. Si con lo hecho no se reduce, habrá que pensar en decisiones más drásticas”, explica Manuel Conill, director de la entidad ecologista Depana. Para Conill, lo hecho hasta ahora no basta, de modo que el Ejecutivo hará bien en plantearse medidas complementarias y más drásticas. Un ejemplo: además de seguir el límite de velocidad en los accesos, limitar el número de vehículos que circulan. Este sistema se ha usado en Suiza, que fijó temporalmente que los coches sólo podían circular los días pares, si su matrícula era par, y los impares, si ése era el número de su placa. Así bajó de forma drástica la emisión de gases.

Mientras que los ecologistas fueron informados de la situación y de la intención del Gobierno de prorrogar el decreto, la principal entidad de automovilistas, el RACC, que llevó la voz en cantante en sentido opuesto, no lo ha sido. “Nadie nos ha dicho nada”, explicó un portavoz de la entidad. “Esperamos que tras la Navidad el Ejecutivo nos informe”.

Medio Ambiente no ha decidido aún si aplicará otras medidas. “Hemos prorrogado el plan porque lo exige la Unión Europea (UE). No hemos llegado a los máximos tolerados y tenemos que plantear nuevas actuaciones, pero hasta entonces se prorrogan las medidas”, dijo un portavoz del Medio Ambiente.

El punto de partida era el exceso de contaminación en determinadas poblaciones del área de Barcelona, tanto de óxido de nitrógeno como de partículas de tamaño inferior a 10 micras, según las normas de la UE. Los principales focos de emisión son el tráfico rodado y la combustión de calderas domésticas.

La reducción de velocidad hasta los 80 kilómetros por hora en los accesos a Barcelona, primero, y la velocidad variable (que permite reducir aún más ese límite si las circunstancias lo aconsejan) han supuesto menos emisiones contaminantes, estimadas en un 13% a final de 2008. No hay aún datos de 2009. “No hemos llegado al 30%, pero estamos en el buen camino”, dijo un portavoz de Medio Ambiente. La misma fuente lamentó que la crisis haya impedido otras medidas como una renovación más potente de la flota de autobuses urbanos. “El 30% de nuestros vehículos funcionan ya con gas y los que circulan con gasóleo usan el que menos contamina”, según un portavoz de Transportes Metropolitanos de Barcelona.El plan anticontaminación lo pilota Medio Ambiente, pero participan en él otros departamentos: Política Territorial (controla carreteras y el transporte en general), Economía (del que depende Energía), Interior (por las medidas relacionadas con el tráfico) y Salud. Salvo Economía, el resto remitieron a Medio Ambiente. Economía, en cambio, sostiene que sus aportaciones van al ritmo previsto. Así, se ha subvencionado la renovación de 67.000 electrodomésticos por otros menos contaminantes, se ha destinado dinero a renovar calderas con igual fin y se trabaja en crear una red de surtidores de gas para vehículos.

Fuente: El Pais

Síndrome de Fatiga Crónica. Una enfermedad políticamente incorrecta

Sábado, 2 de Enero de 2010

El Síndrome de la Fatiga Crónica (SFC) es una enfermedad neuroinmunológica que afecta también a los sistemas endocrinológico y cardiovascular. Junto con la fibromialgia (FM) y el Síndrome de Sensibilidades Químicas Múltiples (SQM), es una de las tres enfermedades relativamente nuevas de la llamada “sensibilización central”. Las tres son enfermedades multisistémicas. Los estudios más recientes prueban que la mayoría de las personas que tienen una de estas enfermedades tienen también las otras dos con mayor o menos afectación. En España, por razones mediáticas y cultivados protagonismos políticos, se conoce más la fibromialgia, que usualmente causa más dolor que las otras dos. El SFC, aunque varía de persona a persona, es como una gran gripe permanente que afecta también a los vértices cognitivos del organismo (memoria, procesamiento de información, ubicación) y a otros sistemas del cuerpo.

Uno de los principales problemas que encuentran los enfermos de estas patologías emergentes y silenciadas que no “raras”, ha señalado Miguel Jara, es que cada una de ellas recibe un tratamiento diferente desde una especialidad distinta y en ocasiones se producen incompatibilidades. Un enfermo de SQM presenta generalmente intolerancia farmacológica, por lo que tratarle de FM y de SFC es aún más dificultoso: existe una gran superposición de trastornos entre los afectados de las tres enfermedades, son ramas de un mismo árbol. ¿Qué árbol?

    El de la contaminación ambiental con productos químicos nocivos y sus repercusiones en la salud humana. Como suele ocurrir con las enfermedades ambientales existe sinergia entre todas.

Àngels Martínez ha señalado que Pues tienes buena cara -de subtítulo: “Síndrome de Fatiga Crónica. Una enfermedad políticamente incorrecta”- es también, y afortunadamente, un libro tan políticamente incorrecto como necesario. Alguien, prosigue la economista marxista, “tenía que poner negro sobre blanco la narrativa personal de una enfermedad como el Síndrome de Fatiga Crónica”. Pocas personas podrían hacerlo mejor que Clara Valverde:

    […] que sabe escoger las palabras que mejor capturan y proyectan la incomprensión y el sufrimiento de las personas con SFC, pero que sólo llegan a oír y entender quienes escuchan desde la ausencia de dogmas, preconceptos y mediocridades tan al uso. Clara habla desde su experiencia y su dolor, pero en su libro se reconocerán muchas Claras –demasiadas– todas pacientes e impacientes, todas perplejas e insumisas.

En 1984, precisamente en 1984, Clara Valverde enfermó repentinamente de una dolencia severa que los médicos no sabía nombrar. Enfermó con un virus muy común, el citomegalovirus, parecido al de la mononucleosis, el conocido virus Epstein-Barr. Cualquier otra persona, ha contado la autora, hubiera estado enferma unos meses y se hubiera repuesto. Ella nunca se ha podido recuperar de esa “gripe”. Desconocía que tenía la predisposición genética que hacía que su sistema inmunológico y su bioquímica no pudieran enfrentarse a los virus de una manera normal. Durante más de seis años tuvo fiebres, infecciones y desmayos constantes. No sabía por qué. Su historia, la historia de la enfermera y profesora Clara Valverde, es muy parecida a la de la mayoría de la gente con SFC. Pasan años antes de que se diagnostique su enfermedad, aunque, según señala ella misma, es bastante fácil el diagnóstico si el especialista ya tiene experiencia con el SFC. Durante esos años de incertidumbre, la vida es un infierno, se duda de uno mismo. “Te dicen que lo que tienes es “nervios”, etc. Una pesadilla, un secuestro”.

Con esa sensación de desconcierto, Clara comenzó una búsqueda interminable que, según sus propias palabras, cambió el rumbo de su vida. En ese largo viaje, Valverde se encontró con la incomprensión de la sociedad, con las insuficiencias superables del sistema sanitario, con los comportamientos no siempre afables ni a la altura de las circunstancias de su entorno, con el ego, inaccesible en ocasiones, de los médicos y con las inconsistencias de la clase política bien establecida en las instituciones. Contó, eso sí, con la solidaridad de otros enfermos y enfermas que, como ella, estaban dispuestos a transformar su realidad y la misma realidad, y a luchar sin claudicaciones por sus derechos más básicos que, innecesario es decirlo, son derechos de todos y todas.

Componen Pues tienes buena cara una introducción, un epílogo y ocho capítulos: 1. Buscando la palabra. 2. Las palabras, entonces, ¿no sirven? 3. El síndrome de la incomprensión crónica. 4. Aun así, amor. 5. Y a ti, ¿quién te lleva? El poder de las batas blancas. 6. En el mundo de los otros. 7. Hacer visible lo invisible. 8. Perdonar las molécula confundidas.

¿Qué es entonces básicamente este ensayo, este sentido libro de Clara Valverde? Ella misma lo cuenta así en el epílogo:

    No, no es una historia de héroes ni un final feliz. Es un viaje por la geografía del miedo y por la libertad de lo no definido, un viaje para ir amando un oasis en el que la poesía quiere vivir en silencio para dejar espacio a la palabra. Intento juntar los extremos: palabra y silencio, palabra y eco de palabra. No estoy curada. Estoy sanada.
    Y existo queriendo, existo conciliando las partículas heridas, existo perdonando las moléculas afligidas, existo conviviendo con la memoria errónea de mi sistema inmunológico, existo oyendo en tu voz las palabras que invocan el eco de lo posible.

El doble registro –personal más informaciones científicas o comentarios político-científicos- con el que la autora ha construido su narración se complementan magnífica e ilustrativamente. Dos ejemplos entre otros muchos: Candance West, “Cuando el paciente habla de lo que está ocurriendo en su vida, el médico le interrumpe y guía la conversación hacia cuestiones técnicas” (p. 107) y Howard Waitzkin, “Los médicos en sus consultas con los pacientes, animan comportamientos individuales que son consistentes con los patrones dominantes de la sociedad” (p. 106).

El SFC, del que en realidad se sabe mucho, más que de la mayoría de las enfermedades que se suponen son “conocidas” -en el Reino Unido, Canadá y los EEUU hay campañas de publicidad para que la población general sepa que existe esta enfermedad invisible y cómo afecta a la persona y a su familia- no es rentable para la farmaindustria por dos razones básicas: 1. Afecta a varios sistemas del cuerpo de diferentes maneras. Con lo cual no hay una, dos o tres medicaciones que puedan servir a todos los afectados. Se necesitan 40 ó 50 diferentes tratamientos porque cada persona con el SFC tiene afectada una parte más que otra. Una persona puede tener muy afectada su sistema inmunológico, pero otra persona con SFC quizás tenga más afectado el sistema neurológico. Cada persona necesita, pues, un tratamiento específico. No es “rentable”. 2. La mayoría de las personas con el SFC no toleran los productos químicos porque el desarreglo que tienen es como la Sensibilidad Química Múltiple. Los tratamientos que toleran son los llamados tratamientos “naturales”. Ni la farmaindustria ni los gobiernos, que van de la mano de la farmaindustria ha señalado la propia autora, quieren saber nada de la medicina “suave”.

No está en los genes, decía Lewontin. No, no lo está, pero acaso ayuden en ocasiones. Clara Valverde es hija de aquel inolvidable poeta revolucionario, José Mª Valverde –“Al ejemplo que dejó mi padre, que tanto me ayuda a vivir con intensidad y rebeldía”-: la insumisión, el deseo, siempre insatisfecho, de un mundo más justo, más razonable, más humano, corre por sus venas y se plasma en una hermosa escritura que apunta al corazón de nuestras vidas y a la rebeldía permanente como una forma de estar y vivir en el mundo. Clara Valverde suele afirmar: «¿Esperanza? No. Lo que me mueve es la PASIÓN.» Lean y entenderán sus razones. No es casualidad que una cita de Alice Walker, una líder indigenista australiana, haya sido escogida por la autora para ilustrar uno de los apartados del ensayo: “No se puede desmantelar la casa del Amo con las herramientas del Amo”. José María Valverde lo dijo de otro modo no menos certero: “No queremos abandonar ante el llamado nuevo orden nuestra conciencia de la dignidad de todos y la esperanza en algún futuro de rebeldía”.

Fuente: Rebelión